Nuestra primera vez viendo a unos viejos conocidos como Linze solo se puede resumir en elogios y en cosas positivas. Para poner en contexto, es necesario acudir al nuevo trabajo de la banda madrileña de rock and roll, titulado Hoy todo es amor (editado por Calaverita Records y producido por Luis de Oleza y Carlos Sennacheribo de Cora Yako). Sus diez canciones son perfectas, casi como un homenaje a la década que lleva Linze dando guerra, en las que además viajan de los sonidos setenteros a los más cercanos 90s, regando de matices pop 35 minutos de muy bella factura que te hacen entender eso que dicen de que la música no está en peligro de extinción.
El directo de Linze en la Sala Villanos fue de esos que no puedes dejar de ver, de esos en los que el necesario pestañear es una putada porque te pierdes cosas, empezando por una puesta en escena diferencial y un juego de luces que permite entender las diferentes potencias e intensidades entre las que se mueven los músicos, con Víctor Perales a la cabeza y los cracks Carlos, Diego, Jose y Paul. Si te preguntas si el directo es más rock o más fuerte que el disco, pues mira, sí, como todo en la vida, y mola que sea así porque uno busca en este tipo de conciertos una revelación, y en este caso hay premio.
No podemos elegir una canción, ni del disco ni del show, por respeto a las demás, pero nos quedamos con la actitud de una banda súper solvente (aura de bandón) y con el hecho de que ellos mismos no se crean lo vivido. El sold out en la Sala Villanos es una consecuencia de hacer las cosas especialmente bien, y lo decimos mientras suena Oyentes mensuales a todo volumen. Olé por ellos.
