8:04. Ocho minutos de absoluta gloria. Ese es el regalo que nos ha hecho la banda de Cartagena para cerrar a lo grande el ciclo de un concepto, el de Cowboys de la A3, con el que ha cambiado absolutamente todo para ellos y, sin duda, también para la historia de la música contemporánea de nuestro país. Es cierto que habréis leído mil análisis en X, en reels de periodistas musicales, y en canales y cuentas de grandes fans del pop y el rock que llevan flipando días y noches, pero creo que todos coincidimos en que se queda súper corto un análisis meramente técnico de la canción, que ya de por sí es una literal fabulosa oda al rock que quizás sepamos valorar en su justa medida con el paso de los años. En los corrillos de la prensa especializada siempre se habla de lo jodido que debe ser gestionar el éxito, sobre todo cuando llega sin ser uno del todo consciente, por supuesto, gracias al trabajo, pero también gracias a los detalles, a los matices, al duende, al don en definitiva de generar himnos una y otra vez como si fuese algo a la altura de todos.
Hacer fácil lo difícil tiene un coste, ligado a la exigencia que se autoimponen unos chavales que quizás tampoco habrán digerido todo lo que están viviendo desde 2019 hasta hoy. Aunque lo intuyen, y se cubren, se protegen y se hacen fuertes a cada poco, junto a un equipo de trabajo sensacional. La Torre Picasso es la mayor liberación hasta la fecha como banda, haciendo suyas las reglas, sin pensar en los tiempos ni en las líneas rojas compositivas, y mandando a tomar viento las normas que la industria ha tratado de imponer – y que muchísimos artistas han abrazado “porque es lo que hay que hacer” – de hacer canciones de tres minutos, con estructuras similares, estribillos sencillos y mensajes muchas veces anodinos. Esto es una lección para todos, aunque no sea ese el cometido.
Antonio, Dani, Pepe y Jota han vuelto a poner el rock en boca del mundo, sin excepción, y lo han hecho además con un videoclip apocalíptico que representa de forma sublime el mensaje, esas fases de duelo, ese recapacitar, ese plan de derribo sin vuelta atrás, aunque quizás no termine de ser la solución que uno espera. Es un trabajo sobresaliente de Aitor Guerrero y la productora Hautsa Gara que bien podría pasar por un corto de animación abierto a premios y reconocimientos. Ese nivel de detalle, de poder traducir en imágenes una canción tan compleja, es de nivel Dios. Por cierto, la producción de este maxi-sencillo la firma Carlos Raya, una eminencia dentro del rock que siempre hace por estar en todos esos sitios donde las cosas pasan, para hacerlas incluso más grandes. Son de un nivel altísimo, por tanto, estos ocho minutos de rock sincero, reflexivo e imponente, en los que Arde Bogotá se divierte subiendo y bajando intensidades, pasando de momentos instrumentales épicos a fases de pausa y calma con total naturalidad. Volver a ver el sol, volver a unirse, era simple y llanamente, esto.
